I
Allí aguarda, quietecita apoyada tras la ventana, como cada dia, cada mañana, a las doce. Me observa pasar, desplaza sus ojitos a cada paso que doy mientras atravieso su calle. Mantenemos las miradas, sin indiferencia y sin importarnos analizar, profundizar el uno en el otro explotando esos segundos hasta doblar la esquina. Tras sus enormes ojos tristes indago en su corta vida, imagino mil hipotéticos momentos de su ser, su existéncia. Aquel rostro, impasible, cristalino, inmodificable. La posible inocencia se reduce a añicos tras la dureza y frialdad que desprende. Sus manitas apoyadas en el alféizar, cruzadas y la cabeza, ligeramente inclinada, sobre los brazos. A las doce... siempre a las doce. Nos separa aquel cristal, tan fino que a veces parece inexisténte y hasta creo inhalar su perfume de flores mezclado con la brisa marina cuando sube la marea. Parece como si supiese todo de mi, cada vez que me mira me siento desnudo, atraviesa mi ser sobre las primeras capas que como hombre muestro y hurga en el interior de mis miedos y deseos más idílicos. Ninguna mujer habia hecho sentirme tan ridículo, quizá sea su falta de madurez la que me desnuda, ser mujer sin llegar a serlo, ser un proyecto de alguna mujer más temprano que tarde ser una más. No podría ser una más, no deseo contemplar esa posibilidad. Me aterrorizo pensando si atacaría con mayor fervor su mirada, si destruiría la melancólica manera tan sutíl de herirme y a la vez complacerme o, quién sabe, quizá olvide mi existéncia; esto me destrozaría aún más. Mi mente sólo funciona para ella; despierto con su imagen rondando la cabeza, cada uno de mis movimientos sincronizados con el fin de ser puntual con nuestra pequeña cita, siempre a las doce. De camino a la oficina memorizo algún detalle suyo, entre papeles, nombres, cifras ajenas a mi; contemplo sus finos dedos, boca, nariz, cabellos... trazos de textos forman el rostro de mi delirio, prosigo en su fisionomía, poro a poro, y vuelvo a casa... para otra vez contar los minutos que nos separan de saborear el reencuetro.
II
El cuerpo engarrotado bajo la misma postura durante horas con los ojos secos clavados en el reloj digital, cada segundo se burla de esta broma eternizando la alarma que con impulso me incorpora mecánicamente; ducha, ropa, café con tostada, zapatos. Bajo el mismo paso camino, tranquilo pero ansioso en mi interior, late, late, late fuerte. El camino a trazar se divide en partes que mantengo como metas cronometradas, siempre puntual... a las doce, allí, aparece, pálida, atroz, encantadora suplicante de mis fantasías. Cuánto daría por parar mi paso, por que congelase el universo y dejase de notar la gravedad atrapando mis pies sobre el asfalto; no existe posibilidad alguna para ello, no soy capaz de romper nuestro pacto. Mientras camino, observo... sus labios, lo que antes fué una impúdica línea se convierte en un pequeño corte, abriéndose lenta y paulatinamente. Absorto prosigo mi camino, noto como desaparece el espacio-tiempo, circulo sin saber dónde... mi princesa de cristal rompe el hechizo, la boca forma otra boca, otro gesto dejando escapar un débil susurro llegándo a mis oídos nada mas girar la esquina. Supongo que la memoria fué la que ayudó a llegar a la oficina mas no recuerdo como. Paralizado me mantuve ocho horas con tan sólo una voz por alimento. Las dudas se volcaron sobre mi, pánico, terror que progresivamente se transformó en consuelo. Ella pudo contra el miedo, ella fué la que deshizo el nudo que nos amordazaba. No tuve más espacio que para ella; suposiciones, fantasías, sueños... hermosos sueños que, al ser hermosos, desvanecen temprano.
III
Sin querer despertar me apresuro; ropa, quitar ropa, ducha, ropa, café, zapatos. Salgo al mundo confuso, la monotonía quedó atrás; allá, seis calles más arriba seré yo quien tire de la cuerda, quien abra su ventana y pueda respirar el aroma que guarda, romper el cristal para sentir, de cerca, muy cerca la entrecortada respiración de su voz. Millones de imágenes desplegadas por mi mente, situaciones, palabras, olores, sonidos... Nunca, nunca escuché mi propio cuerpo fluir a tal rapidez, cada arteria, pulso, el abdomen se contrae a una velocidad inverosímil mientras mantengo mi paso cotidiano. Fuera de mi soy el de ayer, en mi interior remuevo viejas cenizas por el advenimiento de nuevas ramas. Dos metas más y un soplo de vida, camino... camino, incapaz de evitar leves rasgos de felicidad. Camino, giro la cabeza, busco esa mirada. Vacío en mi los despojos de ensoñaciones que cae junto al resto de lo que quedaba de mi ser en la acera, vacía acera, vacía ventana, vacía... Frena el cuerpo, tieso, rígido, compacto; si no me encontrase vacío explotaría mis ganas de explotar. Allá no queda más que el eco y mi delirio en algún recoveco de lo que fué un castillo, ahora asaltado. Permanezco, tan sólo permanezco, aguardando por si alguna vez vuelves a observarme tras tu ventana recordando aquellos labios emitiendo una voz quebrada.